Una vez en una aldea Maya había un niño llamado Unishu . A él le gustaba desde pequeño construir casas en palitos; cada vez que él salía a jugar, construía casas familiares en las cuales decía que vivían los padres e hijos.
Las hacia tan perfectas, que todo el mundo lo admiraba por su talento; por esto a los 15 años lo llamaron para construir las casas de la aldea, para mejorar las viviendas. Cuando le dijeron esto, él se puso muy feliz y fue a contarle a su familia: ellos también se pusieron muy felices pero sabían que si él se iba a trabajar de arquitecto jamás lo volverían a ver. Él se puso muy triste en ese momento, deseaba que no fuera así porque quería seguir viendo a su familia pasara lo que pasara.
Unos días después, él tomó la decisión de aceptar el ofrecimiento de ser arquitecto pero con la idea de hacer lo posible para verlos pronto; apenas salió de su casa la mamá le dijo:
-Unishu...... cuídate bien!!!.
Y con lágrimas en sus ojos él le respondió:
-Tú también mamá !!!.
Después se fue caminando directo a la choza del cacique para empezar su trabajo como nuevo arquitecto. Cuando llegó a la entrada de la choza la vio muy decorada, eso le pareció increíble, ya que nunca antes lo había visto donde él vivía. Cuando entro, el cacique lo estaba esperando muy ansioso ya que hace mucho tiempo no tenía un arquitecto como él.
Después de un tiempo, empezaron a hablar sobre la forma cómo iba a trabajar y que tipos de casas iba a hacer, porque el cacique quería que de ahora en adelante las casas fueran rectangulares o cónicas. Entre los dos escogieron que las casas serían rectangulares, ya que en ellas cabía más gente y eran mucho más cómodas que las cónicas.
Apenas salió de la choza del cacique estaba un hombre alto y robusto y un montón de gente detrás de él esperando a que Unishu les digiera que hacer; después de hablar con el señor alto empezaron a diseñar los planos y una vez ya terminados, empezaron a construir las chozas.
